jueves, 8 de septiembre de 2011

Una estrella

No sabía yo quíen eras:
me perdía en un mar absoluto
de preguntas sin sentido
en la infinidad del silencio.
Nadie hablaba, nadie dejaba caer
una lágrima.
Nadie se perdía en el Laberinto
sin salida (mundo sin salida: con una sóla
salida): el Cielo.
Nadie miraba las nubes
ni buscaba formas. Nadie.
No había nadie.
El aire era cosa sólida, celeste, grumosa,
pero sin saber
apareciste sin saber cómo
¡de dónde!
y cambié.

Cambié mi forma de escribir
y pensé:
no hay nadie, ni nosotros
ni la luna.
Me confundí
en el mar sagrado
y nadé
hasta donde
el mar es cielo
huí de este mundo-veneno
del que me asfixiaba
y los truenos
reflejaban
el descontento
humano.

Una estrella
solitaria.

No sabía yo quien eras,
hasta hoy:
Una estrella solitaria.

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